viernes, 13 de febrero de 2009

e-competencias


Es analista de sistemas y profesor de Informática. Trabaja en la Escuela Técnica ORT desde 1988 y, desde 1994, su actividad docente está enfocada a internet y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Fue asesor del Instituto Nacional de Educación Tecnológica acerca del Trayecto Técnico Profesional en Multimedios, en 1998, y entre 1999 y el 2004 trabajó en el proyecto de Innovación Educativa de la Dirección General de Enseñanza de Gestión Privada de la Secretaría de Educación del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Fue también director nacional de ORT en Bolivia (2004-2005) y asesor del Ministerio de Educación de ese país en el proyecto de reforma de la educación media.
Actualmente es secretario académico de la Escuela Técnica ORT, coordinador del proyecto Campus Virtual de ORT Argentina, y docente de las asignaturas de Tecnología de la Información y la Comunicación y de Imagen y Comunicación.

viernes, 10 de octubre de 2008

ADMINISTRADOR, PERO NO DUEÑO

La ecología en el plan de Dios



Respetar la naturaleza

Nos enseña la doctrina cristiana que el hombre ha sido puesto por Dios al frente de la creación para que la cuide y se sirva de ella para sus necesidades. Así lo podemos leer en el Génesis, donde se narra, en un lenguaje lleno de simbolismos y figuras, la creación del mundo y del hombre. Este principio fundamenta la relación del hombre con las cosas: debe cuidarlas y puede servirse de ellas; no sólo servirse de las cosas, sino también cuidarlas. Las cosas son de Dios y, por eso, el hombre es sólo administrador y dará cuenta de lo que se le ha encomendado.

En otras épocas, especialmente durante la revolución industrial, muchos han tratado la naturaleza como si pudieran explotarla indefinidamente, como si no se gastara, o como si no se estropeara. Esta mentalidad, que todavía abunda de hecho, aunque no tenga tantas manifestaciones externas, tiende a considerar la naturaleza como res nullius, es decir, como «propiedad de nadie»: y se relaciona con las cosas con una avidez sin medida; como se relaciona un niño con una tarta de chocolate. Entran «a saco» en la naturaleza -la saquean-, ante cualquier oportunidad, movidos por el deseo de sacar el mayor provecho, sin tener en cuenta el daño que causan.

Esta mentalidad resulta especialmente inmoral en nuestra época por dos razones. La primera, porque los medios para explotar y transformar la naturaleza son más poderosos que en ninguna otra; por eso, los daños son también mucho más graves. La segunda, porque tenemos una idea más exacta que en el pasado sobre la situación del mundo; sabemos, por ejemplo, que muchos recursos que utilizamos son limitados, que una parte es regenerable y que otra no; por eso, podemos deducir que algunos daños que se causan a la naturaleza son prácticamente irreparables. Esto origina una valoración moral, en cierto modo nueva, de las relaciones del hombre con la naturaleza. Ya no es posible mantener esa mentalidad depredadora, de res nullius.

La dignidad de las cosas


Las cosas tienen una dignidad; menor que las personas, pero la tienen. Y estamos obligados a respetarla. El respeto a la dignidad de cada cosa es el fundamento de la moral.

Precisamente porque tenemos inteligencia, podemos percibir la dignidad de las cosas que nos rodean y, por lo tanto, percibir también la obligación de respetarlas. Podemos y debemos servirnos de la naturaleza para satisfacer nuestras necesidades, pero respetándola inteligentemente, tratándola bien, como cuidamos la propia casa o el propio hábitat. Es absurdo y, en esa misma medida inmoral, que destruyamos la naturaleza que Dios nos ha confiado para cuidarla, y que es nuestro hábitat natural, nuestro lugar en el universo.

¿En qué consiste respetar la naturaleza? En primer lugar, hay que evitar destruirla. Es inmoral, por ejemplo, un uso indiscriminado de los recursos naturales que los agote; en ese sentido, como muy bien ha puesto de manifiesto Schumacher, hay mucho que estudiar y que decir sobre los recursos de la tierra que no son regenerables, como por ejemplo, los combustibles fósiles, pero también los ecosistemas donde viven muchos seres que no pueden subsistir en otra parte, etc.

Es inmoral desperdiciar sin sentido los recursos naturales escasos. Es inmoral el despilfarro de los recursos cuando, con un poco de cuidado o de esfuerzo, se podría pasar con menos. Es inmoral destruir, por el solo placer de destruir, cualquier cosa de la naturaleza. Son inmorales todos los descuidos y negligencias que tienen como consecuencia daños en la naturaleza. Y sería una inmoralidad grave causar un daño grave.

Reflejo de la bondad divina


Por otra parte, precisamente porque la naturaleza está a su cargo, el hombre debe tratar de paliar los efectos autodestructivos que se manifiestan en la misma naturaleza. En la naturaleza se producen también daños que surgen espontáneamente. En la medida en que puede advertirlos y evitarlos, tiene obligación de intervenir, porque la naturaleza le ha sido encomendada para que la cuide. Así, tiene que procurar salvar las especies que se extinguen (aunque sea por causas naturales); limitar en lo posible los daños de las catástrofes naturales (terremotos, incendios, erupciones volcánicas, inundaciones, plagas, etc.), el hombre está obligado a cuidar de la naturaleza, porque la naturaleza es su casa.

Pero hay una cuestión de fondo que va más allá de todas las consideraciones utilitarias. La naturaleza tiene en su con junto una dignidad peculiar que consiste en ser reflejo de Dios mismo. La belleza de la naturaleza es un reflejo de la bondad divina. Un reflejo que es necesario respetar, proteger y conservar.

La intervención del hombre en la naturaleza deja inevitablemente una huella de desorden, y cuando interviene sin cuidado, esa huella es enorme. Es sencillamente lo que llamamos basura. La actividad humana genera basura necesariamente. Pero cuando esa actividad es descuidada e irrespetuosa, lo produce en una medida desproporcionada y destructiva.

La basura es la naturaleza usada, que ha perdido su dignidad. En un sentido amplio, basura no es sólo el material que se encierra en unos sacos y cada noche recoge el servicio de limpieza; basura es también una cantera abandonada, un movimiento de tierras sin acabar, el escombro que producen las obras de una autopista y que quedan en sus márgenes, etc. Basura es toda huella del descuido humano en la naturaleza. Toda esa fealdad provocada por el descuido es una falta de respeto, un insulto a la creación. Rompe la belleza y la armonía que la naturaleza tiene, a veces quizá para siempre.

Las obras humanas están llamadas a añadir belleza a la creación pero no a quitársela. Hay una belleza que es fruto de la inteligencia humana y que se expresa en todas las bellas artes y en todas las técnicas. Hay belleza -o puede haberla en los paisajes urbanos y en la ordenación productiva de los campos; en las minas, en las canteras y en las autopistas. La inteligencia es capaz de generar orden y belleza.

Se necesita sentido de la proporción, porque nuestra actividad productiva sólo es capaz de generar orden, generando a la vez desorden: para construir un edificio bello se necesita remover toneladas y toneladas de materiales: no sólo para hacer los cimientos, sino también para preparar cada uno de sus elementos.

El consumismo


En el momento actual, el consumismo que existe en los países industrializados representa una amenaza sin precedentes para la naturaleza. Nunca se habían producido tantos bienes. Nunca se habían vendido tantas cosas. Y nunca había existido como ahora tantos problemas de excedentes. En muy pocos años, en los países más industrializados, hemos pasado de tener lo mínimo a tener demasiado. Pero lo peor es que las cosas se consumen, es decir, se gastan en una proporción también nueva. Muchas veces se usan y, en cuanto se tiene la oportunidad de cambiarlas por otra mejor, se tiran. Esto multiplica el número de bienes que es necesario producir y la manipulación de la naturaleza.

Es asombrosa la capacidad que tenemos los humanos de producir basura: en cualquier país industrializado, cada ciudadano genera diariamente varios kilos: esto da lugar a cifras fantásticas si se tiene presente el número de días del año, el número de años de vida, el número de ciudadanos de cada ciudad, el número de ciudades... Y es un problema completamente nuevo. En las culturas menos desarrolladas, y en las nuestras hace tan sólo unos decenios, se aprovechaba todo; no se tiraba nada: ni papel, ni envoltorios, ni cajas. En una cultura, en cambio, de abundancia y de excedentes de producción, la basura acaba siendo un problema obsesivo y delata una verdad muy simple: que el consumo de la naturaleza es excesivo.

Tomar conciencia de los problemas de la ecología lleva necesariamente a la conclusión moral de que hay que huir del consumismo. A nivel particular, la aportación que cada uno puede hacer es la de preferir un estilo de vida sobrio: no desear tener otras cosas superfluas o innecesarias; procurar que las que usamos duren lo más posible; preferir reparar las cosas viejas antes que cambiarlas; y disminuir todo lo posible la producción de desechos. Lo exige la naturaleza. Antes no lo sabíamos, pero hoy lo sabemos.

Estilo de vida sobrio


Cuando se goza de un cierto nivel de vida, la negligencia se puede encubrir en parte con el despilfarro: se cambian pronto las cosas que se han estropeado porque no se han sabido cuidar. Se cae en una mentalidad consumista, que cambia las cosas sin llegar a aprovecharlas, simplemente por al afán de usar cosas nuevas. Se trata de una mentalidad frívola, además de inmoral. Se deja deslumbrar por lo nuevo, sin llegar a apreciarlo realmente; viviendo siempre en la perspectiva de lo último, que parece mejor que todo lo anterior. Y es, al mismo tiempo, un símbolo de insolidaridad, por el contraste insultante de ese consumismo desbordante con la escasez de otras sociedades, donde muchos hombres viven en la miseria, desprovistos hasta de los bienes más elementales.

Evidentemente, hay un deseo de bie¬nes que es ordenado, porque necesitamos bienes para vivir: nos hace falta alimento, vivienda y tantas cosas útiles o amables que pueden hacer grata la vida. Pero hay un deseo desordenado. Y éste empieza cuando el afán de poseer pierde su sentido: cuando se desean cosas que no se van a utilizar: cuando se desean más cosas de las que se pueden disfrutar, cuando se desean tantas cosas que para disfrutarlas habría que dedicarles la vida entera y aún no bastaría.

Hay desorden cuando se quieren las cosas porque son bienes, pero no se llegan a disfrutar como bienes, sino que simplemente se acumulan; cuando no se saborean, sino que sólo se poseen; cuan¬do se deja llevar uno por la picadura del deseo sin llegar al gozo de la satisfacción. Hay desorden, por último, cuando la preocupación por tener y aumentar el número de cosas es tan grande, que no deja energías para ocuparse de los bienes superiores.

Para vivir bien, se requiere decisión y entrenamiento. Hay que decidirse y hay que acostumbrarse a poner límite al deseo de ganar, al capricho de comprar, al amor de poseer, al afán de aparentar, al estímulo de la envidia. Conviene proponerse un estilo de vida sobrio que contenga las fuerzas centrífugas de la voracidad.


Juan Luis Lorda
Sacerdote, Ingeniero Industrial y Doctor en Teología; profesor de Teología Dogmática y Antropología Cristiana, autor de numerosos ensayos de Teología y de diversos libros.
Gentileza de Arvo.net

martes, 30 de septiembre de 2008

Tribus urbanas, lugares de pertenencia



Cada vez son más los adolescentes que se suman a alguno de estos grupos y adoptan el look y el lenguaje de sus referentes.





Unos eligen el negro y otros, los colores. Algunos sólo buscan pasar inadvertidos y otros, ser vistos por millones. Están los que aman el deporte y los que no corren ni el colectivo, los que parecen felices por elección y los que se confiesan tristes practicantes. Lo cierto es que casi todos, sean floggers , emos, raperos, cumbieros, visual kei , gothic lolitas, antiemos, fox , góticos y antifloggers eligen el Abasto o la plaza del palacio Pizzurno como lugar de culto.
Cada vez son más los jóvenes que adoptan alguna de las llamadas tribus urbanas como grupo de pertenencia. Los especialistas estiman que entre el 20 y el 30% de los adolescentes se identifican hoy con alguna. "No podemos decir que toda la juventud esté tribalizada. Pero, a pesar de que son grupos pequeños, tienen una importante significación en la medida en que producen visibilidad e instalan modas, formas comunicativas y tendencias", explica Marcelo Urresti, sociólogo de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, que desde hace tres años dirige una investigación acerca de las nuevas tribus.
Agustina Vivero es un claro ejemplo. Tiene 17 años y en su fotolog se hace llamar Cumbio. Cuando "postea" una foto la gente se agolpa para comentarla. En un año y medio, su sitio fue visitado por 11 millones de usuarios y Nike la eligió para ser la cara de su campaña. Hoy organiza fiestas y sus amigos les cobran unos 600 pesos a los boliches sólo para estar.
Pero también están aquellos que prefieren el bajo perfil y que se alejan de cualquier estereotipo de violencia. Como Eva Sánchez, de 16 años, que vive en Pilar y hace un año se convirtió en gothic lolita. "Emulamos el estilo victoriano, con vestidos de encaje que se usan sobre un traje negro y con maquillaje gótico", contó a LA NACION, sentada frente al palacio Pizzurno. Esta tribu, de origen japonés -una de las últimas que llegaron al país-, se compone sólo por mujeres. Su actividad favorita es tomar el té en una plaza. "Todos tenemos una parte impura. Nosotras la caracterizamos vistiéndonos como chicas inocentes, para enfatizar que en realidad nadie lo es", sintetiza Eva.
Los emos son esos chicos de negro que se maquillan con fucsia y se tapan un ojo con el flequillo; los floggers combinan glamour con pantalones "chupines" y lentes de sol. Sin embargo, la identidad de tribu va más allá de la imagen.
"Hay cuatro pilares que sustentan la identidad de una tribu: una estética, el estilo de música, los lugares frecuentados y un lenguaje; eso, sobre la base de una ideología en común, que aunque muchas veces se enmascare como falta de ideología, siempre está allí, subyacente, ya que la no ideología es una ideología", apunta María José Hooft, responsable de la cátedra Subculturas Juveniles del Instituto Bíblico Río de la Plata, que acaba de publicar el libro Tribus urbanas , dirigido a líderes de iglesias, docentes y padres. Intenta evitar el "horror" que sienten los adultos cuando se enfrentan a un adolescente "tribalizado".
Algunas de las tribus son movimientos netamente locales. Tal es el caso de los floggers y los rolingas. "En todo el mundo hay seguidores de los Rolling Stones. En otras partes son Stones, pero acá además están los rolingas, que combinan su gusto por los Rolling con un fanatismo por bandas como Viejas Locas o expresiones del llamado rock chabón", explica Hooft. "También nos gustan Callejeros y La 25", acota Jonathan Mazzeo, de 15 años, "rolinga de alma", que tiene su propia banda de rock barrial.
Aaromm Cabrera (así pidió que se lo identificara) tiene 19 años y se inscribe entre los pioneros del movimiento flogger . "Hace un año y medio, Cumbio nos convocó a un grupo de amigos al Abasto porque venía un chico de Rosario. Nos juntamos un miércoles y éramos 30; a la semana nos volvimos a juntar y ya éramos 200, y al miércoles siguiente, casi 1000. Hoy, el Abasto es la iglesia flogger ... vamos todos los domingos", cuenta.
Mariana Sandoval, de 20 años, no se pierde un encuentro, aunque considera que el espíritu de tribu se fue perdiendo con la masividad. "Antes entraban a ver tus fotos. Ahora, es cuestión de firmar para ser popular", cuenta.
Yasmín Nazer tiene 19 años y es rastafari. "La gente nos identifica como los «drogones». En mi casa les costó aceptarlo. Pero bueno, después lo aceptaron. Yo, por ejemplo, decidí no fumar y todos me respetan. Somos una tribu muy abierta", cuenta.
Para Rodrigo Rojas Gacitúa, de 18 años, las cosas no fueron sencillas. Sobre todo, cuando vivía en Baradero y se convirtió en el primer gótico. "Mi papá no me entendía. Decía que era gay, que andaba en la macumba. Un día vi un documental y me sentí identificado... me dije «eso soy yo»", cuenta. Tiene media cabeza rapada y una melena. "Desde entonces vivo vestido así, yo soy así. A la gente no le gusta. Nosotros nos vestimos como los personajes de sus peores pesadillas, pero tenemos la valentía de mostrar esa cara de la sociedad", sostiene. Sólo apariencias...
Las fronteras entre tribus no son rígidas. De hecho, si uno aborda a algún adolescente tribalizado, no debe dejarse guiar por las apariencias.
Matías Laurel, de 22 años; Darío Pelozo, de 20, y Gabriel González, 16, explican por qué. "Nosotros hacemos hip-hop, pero cada vez es más difícil ponernos ropa que nos distinga, porque los cumbieros nos copian desde las zapatillas hasta las marcas de la ropa", dice Darío. Matías optó por coserse su propia ropa.
Nicolás González, de 15 años, es un emo "recuperado": un fox . "Antes era emo. Me había hecho por problemas personales. En la primaria nadie me hablaba, hasta que me hice emo y encontré amigos", aclara. Fox es otra tribu surgida como una "cruzada" en defensa de los emos, que en todo el mundo son atacados por otras tribus, entre ellas, las de cumbieros, floggers , punks o metaleros.
"Los que nos atacan no son las tribus sino las personas. Nos burlan, nos estigmatizan como seres tristes. Cuando subo al tren la gente se aleja de mí porque piensa que soy peligroso... es ridículo", dice Ezequiel Cavanesi, de 18 años, que es emo, cursa el CBC y quiere ser pediatra.
Florencia García es su novia, también emo. Le da un beso e imita al personaje del actor Diego Capusotto que encarna a un representante de esa tribu. Después, cuenta que su mamá "lo adora" a Ezequiel, y se le escapan dos lágrimas del ojo izquierdo. "Se puede ser emo y ser feliz", remata.
Por Evangelina Himitian De la Redacción de LA NACION

Menos del 50 por ciento ...



...de los adolescentes termina la secundaria


La cifra surge de un informe realizado por Unicef que se conoció en el marco de un seminario internacional sobre la situación educativa en Latinoamérica.


El ministro Tedesco sostuvo que la obligatoriedad del nivel medio sólo se podrá sostener "con una distribución equitativa de la riqueza"

El Seminario Internacional "Educación secundaria: Derecho, inclusión y desarrollo", que organizó Unicef, se extenderá hasta el jueves en la ciudad de Buenos Aires y tiene como meta debatir acerca de ese nivel de enseñanza, con participación de 50 expertos nacionales y extranjeros, entre ellos funcionarios y pedagogos de Argentina, Brasil y Chile, y adolescentes. En ese marco, surge un dato preocupante: sólo el 48,5 ciento de los adolescentes termina la escuela media y el 38 por ciento lo hace con sobreedad, según informó la representante de Unicef en el país, Gladys Acosta Vargas.El director regional de Unicef, Nils Kastberg, subrayó que América latina enfrenta como uno de sus grandes problemas que "la educación secundaria significa romper con la pobreza" y reiteró que "sin educación media no se puede terminar con la pobreza".Kastberg también señaló con preocupación que en Latinoamérica "el 29% de los jóvenes entre 15 y 25 años está fuera de la escuela y del trabajo" y destacó que, entre los "desafíos" que se imponen, está lograr "más progresos con una educación de entre 11 y 13 años, que termine con la segregación e incluya en la educación a todas las etnias y razas".El ministro de Educación de la Nación, Juan Carlos Tedesco, uno de los oradores en la apertura del foro, resaltó que la obligatoriedad del nivel medio "sólo se sostendrá con una distribución equitativa de la riqueza, que permita a todas las familias enviar a sus hijos a la escuela y garantizar que no tengan que enviarlos a trabajar prematuramente"."Una sociedad que declara la obligatoriedad de la educación secundaria necesita niveles de equidad", dijo Tedesco, y agregó que también requiere "esfuerzos del Estado en el financiamiento, en asegurar el equipamiento técnico de alta calidad" y en que "sus contenidos curriculares logren la cohesión de todas las clase sociales".Las leyes que imponen la extensión de los años de escolaridad, dijo Tedesco, no deben ser "para que los chicos estén más años aprendiendo lo mismo, sino para que aprendan lo que tienen que saber y tengan una formación integral y menos enciclopedista para definir su proyecto de vida".Tanto Tedesco como la secretaria de Educación Básica de Brasil, Maria do Pilar Lacerda, a pesar de algunos matices coincidieron en la carencia de "identidad" de la escuela media para dar respuestas "a las nuevas expresiones de la cultura juvenil", que hoy puebla las aulas. También sostuvieron que la curricula "tampoco evolucionó con las nuevas necesidades sociales y de cambios tecnológicos"."Hoy tenemos la globalización cultural, tribus urbanas, jóvenes pintados como Pokemón que conviven en el aula", sostuvo la ministra de Educación chilena, Mónica Jiménez, en tanto Tedesco instó a que la escuela "garantice la cohesión social" y admita "la nueva cultura juvenil que la da importancia a la imagen, el cuerpo, la tecnología y que pone mucho énfasis en el presente".